Don Corchito


En materia de coches (y cualquier otra activad que requiera a un hombre de verdad) soy una autentica señora, hecha y derecha. Por eso cuando meto el auto al taller, voy a ciegas. Y esto ocurre generalmente cuando a mi volcho le cuesta horrores arrancar por las mañanas, escupe por el mofe una enorme humareda blanca y mis vecinos se asoman por las ventanas de sus cuartos a mentarme la madre por el escándalo que hago en toda la colonia.

-Qué vergüenza, nunca imaginé transportarme en una carcacha -dice Fiera tapándose la cara.

Los mecánicos son como los doctores. Seres todopoderosos. Sabios. Con solo mirarte tienen el diagnostico. Por eso los envidio, y mucho. Yo cuando abro el capirote del coche pareciera que estuviera en un quirófano, presenciando una operación de corazón abierto. Veo cientos de cables, piezas, mangueritas, todo es tan confuso, si acaso lo único que reconozco es el motor, pero eso, naturalmente, no es ningún mérito, es tan fácil como reconocer el corazón dentro de un cuerpo destripado.           

Cuando voy al taller mecánico tengo el rostro pálido. Quedo en espera de que el mecánico me diga que hay que cambiar sabrá Dios que pieza del motor que cuesta un ojo de la cara cuando en realidad lo único que necesita el coche es un cambio de aceite. Por fortuna esto nunca pasa. Mi mecánico es un hombre bueno.


Quizá el único cambio que necesita el taller es en el nombre, deberían cambiar la “V” por una “F”. Por que mi mecánico, don Corchito, es un señor simple y llanamente feliz. Te saluda con una energía y entusiasmo envidiables. No importa que sean las 7 de la mañana. Palmotea a sus mecánicos y los pone a trabar con una sonrisa. Y cuando te entrega el auto (siempre a la hora acordada) te detalla todo lo que le hizo, y por lo general, se toma la licencia de cambiar cables dañados sin ningún costo. En resumidas cuentas, si don Corchito fuera el director general de un corporativo transnacional, el mundo sería un lugar más eficiente y mejor.

-Que Dios te bendiga -me despide.

Sospecho que don Corchito es cristiano. Nunca le he preguntado si es cristiano porque odio a los cristianos, excepto a él (en el supuesto de que sea cristiano) y a Yuri (por su pasado de puta insaciable del que no se avergüenza).

Si eres una señora como yo a la que le da miedo que la estafen, ya sabes a dónde ir cuando tu coche necesite mantenimiento.




P.D. Mi novela será publicada en los primeros días de diciembre, próximamente daré detalles de cómo y dónde apartarla.

5/10 GRUPO 7 (2012)



Ángel (Mario Casas), un joven inteligente y bondadoso, aspira a ser inspector de policía. Rafael (Antonio de la Torre), en cambio, es un policía expeditivo, contundente y arrogante. Por su parte, Miguel (José Manuel Poga) y Mateo (Joaquín Núñez), forman parte del Grupo 7, un conjunto de policías sin escrúpulos, dispuestos a todo con tal de lograr sus objetivos. 

Esperaba bastante de esta película ya que las críticas que había leído la calificaban de excelente, pero, para mi, se queda lejos de esta catalogación. La película empieza bien, con una digna secuencia de acción y exponiendo de manera clara, la forma de trabajar no convencional del grupo. Lamentablemente, según pasan los minutos, el guión va flojeando y mi interés en la película decreciendo. Ninguno de los personajes son creíbles a excepción del que interpreta Antonio de la Torre, un actor inconmensurable aunque lo que tenga alrededor no esté a su altura, sobre todo un Mario Casas al que le queda demasiado grande toda la historia y que además debería aprender un poco de dicción. 

En definitiva, si ésta es la película que podría representar a nuestro país en la elección de mejor film  extranjero para la próxima edición de los Oscars, mejor nos retiramos ya. Una lástima. 

Lo mejor: Antonio de la Torre
Lo peor: Mario Casas

Horror campechano (otro más)



Apenas la semana pasada presentamos un horror que pensábamos sería difícil de superar. Naturalmente estábamos equivocados. Campeche siempre levanta la mano y reclama el trono de lo escalofriante.

Sin más preámbulos, damas y caballeros, con ustedes, un artista que con orgullo nos describe con asombrosa maestría las bellezas naturales e históricas de Calakmul.

¿Alguna vez imaginaron encontrar en una canción la extraña frase “dos montículos adyacentes”?  




La cagada de la semana



Cortesía de...




¿En verdad es tan mal portero Víctor Valdés?

AQUÍ mi humilde opinión. 
 

Testigos del horror


 

El rock yucateco siempre ha estado a la vanguardia, cómo no, y esta semana les traemos prueba material de ello. Tal es el caso de una luminaria quien como el inmortal Ave Fénix, ha resurgido de las cenizas.

Damas y caballeros, con ustedes, el grande, único e inigualable Armando Gutiérrez, alias, A GTZ. Mejor conocido como el muy creativo líder de las bandas Sagitario (1982-1984), Barra Libre (1984-1990) y Tarro Frío (1990-1997).  

Atención: el muy trasgresor video que les presentamos es un clásico remasterizado, himno de los años 80´s. Canción que a más de uno inspiró para burlar a los retenes policiacos de forma ingeniosa: haciéndose pasar de imprudentes borrachos a tiernos bebés precoces.

 

 

 
¿Creyeron que era todo por hoy? Ilusos. El genio de Armando Gutiérrez ha tomado por asalto una nueva frontera artísticas, tal es el caso de su opera prima en materia del sétimo arte. Su película Testigos del horrorresume en el título la verdad más apabullante.



 

 


LA ETERNA NOCHE DE UNA ESTRELLA



LA ETERNA NOCHE DE UNA ESTRELLA 
(a 50 años de la muerte de Marilyn Monroe)

Porque ese cielo azul que todos vemos

ni es cielo, ni es azul, ¡lástima grande

que no sea verdad tanta belleza!
                     Lupercio Leonardo de Argensola (1559-1613)
                 
Hollywood fue desde sus inicios, la fábrica de estrellas que se cuelgan de ese inmenso cielo que es la pantalla del cine. Lo que este poeta español  nunca llegaría a imaginar, es que trescientos cincuenta años después, una estrella brillaría como ninguna en ese cielo de mentira e ilusión.   En el cine fue la Eva de dos Adanes, la corista del príncipe, la novia del millonario y el amor de millones de hombres que “las prefirieron rubias”.
Posiblemente Marilyn Monroe fue la estrella que más brillo en ese cielo, a rigor de verdad, no por sus dotes actorales (los cuales ni escasearon y abundaron), pero la fuerza de su brillo y resplandor surgieron  del más profundo deseo de  cada hombre que soñaba con sus curvas despampanantes, sus labios sensuales, su voz de niña boba y su lunar embriagador.
Nunca tan ciertas las palabras de Lupercio… la belleza es engañosa y efímera. Detrás de esa femme fatale, mito sexual, ícono de belleza; hubo una simple mujer carente de afecto y envuelta en su propio mundo de fantasía. ¿Pueden el glamour  y la belleza abstraerse del dolor intrínseco en la vida de cualquier ser humano? Aparentemente ella no lo pudo lograr.

¿Sabremos que pasó aquella fatídica noche eterna del 5 de agosto de 1962?  Tal vez si, o lo más probable que nunca. Pero no quiero hacer aquí un informe detallado sobre las hipótesis de su muerte. Quiero celebrar su vida y lo que significó para el mundo del cine que una tal Norma Jeane Baker, empezara a brillar como Marilyn Monroe.

Se cumplen 50 años que su estrella brilla para siempre y más que nunca. Su mito no morirá jamás, incluso para las generaciones que no la conocieron. Desde aquella noche brilla en el cielo de nuestro recuerdo para siempre.

Sleep Marilyn. sweet dreams!!! 

Carlos Enrique Moreno

El oscuro placer de los deportes




“El deporte gusta porque halaga la avaricia, es decir, la esperanza de poseer más.”

- Montesquieu


Si analizamos con la sesera bien helada y objetivamente el placer que los deportes causan en nosotros, es decir, en quienes tenemos el vientre voluminoso y observamos acostados en el sofá cómo dan piruetas en el aire los atletas que participan en las olimpiadas, puede ser que nos llevemos una sorpresa.

Elijamos un deporte al azar, digamos, lanzamiento de bala. ¿Qué placer puede generarle a un ser humano el arrojar con una mano una bala de cañón a más de diez metros de distancia?

Domingo. Medio día. Brunswick, Maine. Las puertas de la taberna se abren de par en par. 

-Muchachos, ¿a que no adivinan? Hoy logré lanzar una bala a más de diez metros de distancia –dice un sujeto barbado con espalda, hombros y antebrazos de leñador.

En su semblante hay tanta felicidad que al parecer cree ser el primer hombre sobre la faz de la Tierraen lograr arrojar con la mano desnuda una bala de cañón a más de diez metros de distancia.

-Bah, gran cosa. Yo te apuesto veinte jarras de cerveza a que logro lanzar esa misma bala de cañón a más de quince metros –dice otro sujeto barbado con espalda, hombros y antebrazos de leñador, acodado en la barra de la taberna.

Ambos leñadores (uno ebrio y otro no, aunque este último piensa embriagarse terminada la apuesta) se internan en el espeso bosque de coníferas seguidos por una multitud de leñadores ebrios para ver si el leñador que dijo lanzaría la bala de cañón a más de quince metros de distancia logra cumplir con su palabra.

Quitando el oficio de leñadores de estos dos hombres (y uno que otro detalle más de la historia), supongo que más o menos de esa forma fue como se inició la primera competencia de bala. Y si nos dejamos guiar por el sentido común, por esas mismas fechas pero a miles de kilómetros de distancia, digamos, en Oslo, Noruega, un hombre de dos metros de altura, cabellera revuelta y manos tiznadas de óxido abre las puertas de una taberna para anunciar a sus amigos:

-Muchachos, ¿a que no adivinan…?

Sospecho así fue como se puso la primera piedra para crear las olimpiadas modernas. Y para que no se ofendan los puristas del deporte, podemos decir que en vez de una bala de cañón, lo que se arrojó fue una jabalina, o en vez de una jabalina un disco o un martillo. El meollo del asunto es que si el ser humano tiene algo en común, sin importar su raza y credo religioso, es la competitividad, o mejor dicho, la necesidad de demostrar que uno es mejor que todos los demás. Ojo, sin importar en qué se esté compitiendo. 




-Chicos, ¿a que no adivinan? Me acabo de lanzar a la piscina desde el quinto piso del hotel.
-Bah, yo también he hecho eso.
-¿Dando tres giros y medio en el aire?
Quienes le tenían miedo al agua o eran lo suficientemente sensatos para no arriesgar el pellejo retando al lunático acróbata, habrán dicho:
-Pues yo soy juez, y propongo calificar los clavados según ecuaciones algebraicas complicadísimas que nadie más que yo sea capaz de descifrar.
De esta manera, imagino, fue que lanzarse dando giros en el aire se convirtió en una profesión respetada en todas las sociedades del mundo, incluso en China.
-Empeladol, en Italia hay unos locos tilándose clavados al agua desde diez metlos de altula.
-¡Malditos occidentales! Lápido, ponga a cien mil chinos a plactical ese loco depolte, que nosotlos tenemos que sel los númelo uno en todo.
Visto desde esta óptica chapucera y simplista, puede que sea comprensible al raciocinio humano el placer que pueden experimentar los clavadistas de diez metros de altura o los lanzadores de bala, jabalina, disco, martillo, etcétera, al ser reconocidos local o mundialmente como los hombres que mejor saben dar vueltas en el aire antes de zambullirse en una piscina o ser los hombres que más lejos lanzan una bala, jabalina, disco, martillo, etcétera, pues incluso lo dijo Maslow en su pirámide de necesidades, el ser humano está en la constante búsqueda del reconocimiento por parte de la sociedad, sin importar cuál sea el móvil para lograr dicho reconocimiento.
Ahora bien, este chiflado comportamiento lo podemos entender en los competidores (y quizás en los jueces), pero, ¿acaso será posible dar una explicación lógica a ese oscuro placer que sentimos los espectadores, es decir, los millones de mexicanos que seguimos a nuestros compatriotas anhelando logren el milagro de ser los deportistas número uno en disciplinas que jamás vemos (salvo cada cuatro años) para que nuestra bandera tricolor se ondee en todo lo alto en un país remoto para así poder corear el himno nacional?
Conclusión: si de lo que se trata es de ver ondear la bandera tricolor y cantar el himno, ¿no sería más fácil quedarnos todos los lunes a los honores a la bandera en la escuela de nuestros hijos? Ahora que si de lo que se trata es de restregarle al mundo entero que poseemos a los mejores hombres dando piruetas en el aire o lanzando objetos a larga distancia o tirando patadas voladoras, etcétera, sospecho que el diagnóstico sería que estamos enfermos de la cabeza.

El Arca de Regina invade México


Hace poco más de dos meses los chicos encargados del suplemento Domingode  El Universal, me dieron la oportunidad única de hacer un reportaje que desde el 2007 soñaba con realizar. Para los aún fieles y añejos seguidores de éste blog, saben perfecto a qué me refiero, así es, El Arca de Regina.

Entre el 2007 y el 2010, cuando me invitaban a encuentros de escritores de otras ciudades, mi carta de presentación era decir que venía de una ciudad pequeñita y amurallada donde no eran necesarios los escritores para transportar a las personas a mundos insospechados, pues Campeche era toda magia, toda fantasía, y me arrancaba con el relato de Regina, señora con poderes sobrenaturales que un día tuvo una visión, Dios en persona le dijo que vendría un diluvio universal y por ello tuvo la encomienda de construir un Arca tan colosal e impresionante como la de Noé, solo que en vez de llenarla de animales lo haría de campechanos.

Naturalmente, en los auditorios donde me presentaba, la gente reía. Creían que mis anécdotas eran producto de mi imaginación. Hasta que el domingo pasado, gracias al importante medio nacional como lo es El Universal, pude comprobar lo contrario.





AQUÍ pueden leer el reportaje, pero… si quieren leer la historia completa, y esto no lo digo con afán de morder la mano que me da de comer, recomiendo leer mejor la versión extendida que aparece en mi blog Pildorita LADO B. Allí encontrarás  paso a paso cómo se dio el reportaje, a diferencia del que publicaron en Domingo, que por cuestiones de espacio tuvieron que recortar bastante.  

Sofía*



He decidido imaginar que ese es tu nombre. Tienes todos los rasgos de Sofía. Guarda silencio, guárdalo como hasta ahora lo has hecho y no me pidas una explicación coherente acerca de qué rasgos físicos pueden calificar a una mujer para llamarse así. Deja que mi mente juegue a jugar a que te llamas Sofía. Tu piel morena, tus ojos castaños y tu incalculable ingenuidad así me lo reclaman, cuando tus manos cargan con un montón de pesadas mentiras y verdades tergiversadas acerca del mundo. Tus manos, inocentes, manchadas del sucio hollín desprendido de papeles repletos de noticias.

¡Qué bien que te va el nombre Sofía, y te repito, no me preguntes por qué!

Me han preguntado si me incomoda la música mientras escribo. A decir verdad, todo depende del tipo de música del que estemos hablando, y la que está sonando en estos momentos es hermosa; tan hermosa como para ponerme a tararearla y transportarme a mundos mágicos, llevándome lejos de este monitor, de este teclado y de esta verdad que estoy por contarte.

¿Sabes de música, Sofía? Yo sé poco, he de admitirlo, con más vergüenza que con otra cosa. Mi sueño siempre fue aprender a tocar un instrumento musical. La guitarra, el saxofón, el piano, o el clarinete. Tocar notas alegres y poner a la gente a zapatear contra el piso mientras la música les acaricia el alma. Pero la gente no zapatea, ni mucho menos les toco las entrañas con mi música. Nunca pude pasar de la clave de Sol del requinto que mamá me obsequió cuando, en mi adolescencia, prometí aprender a tocar la guitarra para ser un gran músico que llenara de alegría el corazón a las personas que me escuchasen interpretar las partituras más alegres que se hayan compuesto jamás. Ya ves, sólo promesas. Promesas que navegaron en barcos llamados Esperanza, que terminaron por encallar en mares impetuosos y salvajes, llamados Desidia e Ignorancia. A cambio del concierto que nunca le daré a mamá, le he dejado un montón de angustias, muchas angustias, todo por apostar a estas letras que quizás tus ojos nunca lleguen a leer.

Pero tú, querida Sofía, no respondas, quiero creer que sabes de música, tanto, que te conmueven al punto del llanto las sinfonías de Beethoven, Bach y Mozart. Que cuando tu corazón está a punto de explotar de tanta nostalgia, Louis Armstrong provoca en ti una sonrisa tan grande, tan exagerada, que tus dientes le alegran el día a las tempestades. Guarda silencio, el más profundo de los silencios y déjame creer que Gardel te inspira a bailar un tango a las faldas del malecón, que Serrat te lleva de la reflexión a la agonía, y que Sabina te enseña a no comprar amor sin espinas, ni a dormir con cuentos de hadas. Sigue callada y hazme creer que de música sabes tanto, que cuando estás empalagada de tanta monotonía, truenas los dedos y bamboleas las caderas al ritmo de Ray Charles, que Elvis te vuelve loca, y que Juan Luis Guerra te pone cuarenta días a bailar sin descanso. Dime que amas a los Beatles y a Janis Joplin. Que no puedes vivir sin los Stones, sin Dylan, sin Marley, sin Soda, sin Charly. Que eres promiscua, descarada e infiel a todos los géneros musicales; que te enamoras con facilidad de cualquiera, desde la clásica hasta la cumbia. Dime que sabes de música, Sofía.


* * *


Qué vas a saber tú de música. Soy idealista pero eso no me impide ver la realidad de las cosas, una caótica combinación, una combinación que da por resultado la infelicidad. Soy infeliz, lo he de aceptar. La felicidad sólo es un paréntesis, una pausa equiparable a la cerveza que se toma en un bar con los amigos, un placebo para esta muerte que cabalga lenta pero segura a su destino. Te cuento por qué soy un tipo infeliz: soy infeliz porque no puedo fingir que no te veo todas las mañanas sobre ese paso peatonal cargando periódicos. ¿Dónde están los Derechos Humanos? Te diré donde están. Vestidos de corbata y traje, gozando de un clima acondicionado, de una silla acolchonada, de una computadora con Internet, y todo esto dentro de una oficina. Allí están ellos, intentando salvar al mundo desde un cubículo rodeado de ventanales polarizados que les empañan de miopía los ojos. Pero cuidado, cuidado y que no se les ocurra despojarte de tu trabajo, el trabajo que desempeñas para ayudar a tu papá, ese señor viejo, cansado y golpeado por la vida. Ese turno donde recién despierta la mañana debe ser cubierto por ti, si es que quieren comer con los pocos pesos que les deja la venta de periódicos, porque así es el mundo. Ningún niño debe de trabajar, pero una cosa es deber y otra muy distinta, tener.

Y por si no fuera suficiente, la ironía de la vida te ha colocado justo enfrente de un parque: columpios, resbaladillas, pasamanos y todo tipo de aparatos de colores brillantes dispuestos para los niños, pero no para todos los niños, desde luego. Tú tienes que trabajar. Hora tras hora, parada, viendo pasar los automóviles de gente indolente que incluso te compra los periódicos, mismos personajes que aparecen en primera plana de esos papeles que cargas y te ensucian las manos; personajes que, a bordo de vehículos dignos de estrellas de Hollywood, te habrán de regalar una sonrisa. Una sonrisa cínica, la misma sonrisa cínica que un día les sirvió para convencer a la gente ignorante de votar por ellos en las urnas. Mismos personajes que tomaron puestos en la Cámara por simple capricho de sus partidos políticos; plurinominales, así se llaman, Sofía. Tardaría mucho tiempo en explicarte qué significa esa palabra, pero para qué perder tiempo, ahí están, conduciendo el país, sonriéndote a la cara, con el mismo cinismo con el que le prometieron a tu papá un día cambiar México, mi México, tu México, nuestro México. ¡Qué poético se escucha eso de “mi”, “tu”, “nuestro”, cuando se habla de la Patria! Mejor digamos, “su México”. El de ellos. El México que día a día van carcomiendo, empobreciendo y pudriendo como la humedad pudre a la madera.

Pero no te preocupes, Sofía, cuando tengas la mayoría de edad podrás votar. Por cierto, ¿sabes leer? Quisiera creer que en las tardes vas a la escuela, pero de no ir, no importa. Aún siendo analfabeta sólo tendrás que identificar el color y el símbolo del partido político que mejor te haya cegado con sus discursos y marcarás con una “X” el de tu elección. Así de fácil, así de simple. Tú seguirás vendiendo periódicos (si bien te va), y tu hija Sofía también. Votarás para que Sofía no corra con la misma suerte que corriste, así como lo hizo tu padre contigo, y así como tu hija lo hará con su hija Sofía, y así hasta el final de los tiempos.

Disculpa, perdona mi atroz pesimismo. Sé que tú sí sabes leer. Que en la escuela te han presentado a Shakespeare y a Cervantes. Que con maestría dominas a Homero, Platón, Sócrates, Aristóteles y Séneca. Que todas las noches antes de ir a la cama lees a Bécquer, a Wilde, a Poe y a Borges. Que tus frágiles manos tratan de emular poemas como los de Rubén Darío, Baudelaire, Quevedo y Neruda. Yo sé que sí. Sé que admiras a Gandhi, las enseñanzas de Jesús, Buda, Lao Tse. Sé que lees libros de distintas religiones y que al final del camino podrás elegir con la conciencia tranquila la religión que más se adapte a tu carácter, o por qué no, como yo, el ateísmo, que todo se lo debe a la lectura. 


* * *


Confieso que he bebido una cerveza. Tuve que destapar esa milagrosa lata de aluminio que me cambia el ánimo 180 grados. Ese elíxir que embrutece mi cerebro y me pone de buen humor hasta en las peores tragedias. Sólo una. De ninguna manera beberé otra, pues corro el riesgo de terminar este escrito con mentiras. Como por ejemplo, diciéndote que los políticos jóvenes van a cambiar este país.

Sofía, tengo que decírtelo, aunque más de uno me odie: el peor enemigo de México es su propia juventud, y no me refiero a la edad del país, sino a la edad de sus habitantes. México está lleno de jóvenes; jóvenes confundidos, apáticos, ignorantes y conformistas. Jóvenes a los que no les motiva nada en esta vida más que el sueño de por obra y gracia divina aparecer en portadas de revistas o ser súper estrellas de la farándula. Así es, Sofía, sus sueños son tan banales como sus propias vidas. Pegados frente a un televisor observando programas de chismes y critica destructiva. Jóvenes que pisan a fondo el acelerador de sus coches (o mejor dicho, los coches de sus padres), para evitar verte directo al rostro.

Tú no les importas. Ni a los jóvenes, ni a sus padres. No eres nadie para ellos.  

Perdón, te ruego una vez más me disculpes. Como profesor no puedo darme el lujo de perder la paciencia. Pero me es difícil, muy difícil. Todos los días lo son. Llegar a un aula universitaria y encontrar tanta apatía. No entiendo a los jóvenes. ¿Qué mejor motivación que ser estudiante de comunicación, saber que en tus manos está el informar al país de injusticias, asesinatos, desfalcos, corrupción y mil atroces etcéteras? ¿Qué mejor estimulo que saber que en tu voz, en tus letras y en tu corazón están las llaves del cambio, la oportunidad de abrir mentes y culturizar a una nación ignorante y dormida?

¿Te gustaría ser comunicóloga, Sofía? Apuesto a que serías una gran comunicóloga. De las mejores. Te esforzarías día a día. Llegarías temprano al salón de clase, incluso antes que el maestro. Te empaparías de información más allá de los apuntes que te entregue el profesor. Lo darías todo, invertirías hasta la última gota de sueño con tal de conocer los secretos de la televisión, la radio, la prensa. Te ocuparías (en vez de preocuparte) de tener las herramientas para estar lista, preparada para el día que te entreguen el título que te acredite como profesional, e inspirarías a tus compañeros a ser como tú: una mujer intachable, ética y responsable. Y todos juntos se graduarían con una mentalidad de justicia y trabajo, junto con otros cientos de jóvenes graduados de otras universidades dispersas por el país. Y todos ustedes alzarían la voz de forma pacifica, responsable e inteligente para denunciar todo acto que atente contra México. Ustedes, comunicólogos, serían la voz que pide el cambio. Y trabajarían en periódicos, radio, televisión, Internet y todo medio que le sirva al ser humano como herramienta de expresión. Y serían tantos, y tan buenos, que nadie los podría detener. Y junto con ustedes, administradores, ingenieros, abogados, contadores, biólogos, doctores, científicos, físicos, maestros, y todo mexicano de cualquier profesión o actividad que esté cansado de tanta atrocidad que ocurre en nuestras propias narices.

Sofía. Con ese nombre he decidido imaginarte. Lo imagino, pues no me atrevo a preguntarte personalmente si ese es tu verdadero nombre. Soy un cobarde, igual que todos los demás. No voy a cambiar nada con mis letras, y mucho menos con mis actos, y todo seguirá igual. Todo igual. Siempre igual.



*Carta publicada en junio del 2006. Vista ahora me parece cursi y ñoña. Sin embargo, esta carta fue lo que inclinó la balanza para que un día mi hermana estudiara ciencias de la comunicación. Traducción: es una carta juvenil hecha para los jóvenes. Compártela con tus amigos jóvenes.

Los intolerantes



El periodista Carlos Marín cada que aparece en televisión no pierde oportunidad para llamar a todos los que apoyamos a AMLO de intolerantes. Y sí, tiene razón. Por eso, ahí les van mis dos pesos de contribución al Movimiento #YoSoy132.




Si fuera un sucio capitalista, ahora mismo estaría imprimiendo las camisetas con tipografía estilizada y bonita. Si alguien más avispado que yo se roba mi idea (o la mejora), por favor, recuerden que tengo que pagar la renta.

La fealdad de los candidatos


Como todos sabemos, los políticos son físicamente horrendos (salvo deshonrosas excepciones). Por ello, se valen del Photoshop para darse un zarpazo de tigre. Véase los siguientes dos ilustrativos casos; curiosamente, ambos del PRI:




Sin embargo, hay políticos que no le temen a su fealdad. Tal es el caso de Manuel Carrillo, candidato al V distrito de la ciudad de Mérida (mi distrito).



A pesar de que su fealdad es casi tan abominable como la de Cuauhtémoc Blanco, los niños no parecen tenerle miedo.



Claro que, tonto no es. Sabe que los  niños no pueden votar. Así que en los carteles de su campaña es el único candidato en el mundo que pone la fotografía de su suplente, es decir, del muñecón de Zahoulander.




Cosas bonitas sucias



Si A better life(Una vida mejor) es una película obligada para la administración de Obama, e incluso Demián Bichir aseguró que enviaron una copia a la Casa Blanca para que el Presidente se metiera en la piel de los inmigrantes latinos que son tratados como animales en Estados Unidos, Dirty pretty thingstendría que estar por decreto popular en la sala de televisión de todos los castillos y casas reales de Europa.





AQUÍ  puedes leer un artículo que hicimos sobre la película, titulado La película que las monarquías deberían ver.

El Quadri baile



Se sabe que en la política no hay pudor y vergüenza, pero esto, sí que es el colmo.




¡Nueva sección!




Si cobrara diez pesos a todas las personas que me preguntan qué se siente ser escritor, ahora tendría los huevos en el cálido y hospitalario escroto en vez de estar haciéndole incómoda compañía a las amígdalas. Para dar respuesta a todo los curiosos, pero en especial a todos aquellos que quieren emprender el suicida camino de la escritura, he decido crear una nueva sección en el blog Pildorita LADO B llamada Vida de escritor.

En un futuro (espero no muy lejano), sobornaré a Jotaemecon revelar algún oscuro secreto de su pasado campechano para que acceda a convertir todas las historias de esta nueva sección en caricatura.


AQUÍ la primera historia.

El psicólogo de perros



Este domingo, en el suplemento dominicaldel periódico El Universal aparecerá un ilustrativo y extenso reportaje que le hice al único psicólogo de perros de Yucatán. Si tienes perros en casa, no te lo puedes perder. En especial si crees que tu perro es tu hijo, como el caso de esta señorita.

Y para finalizar este post informativo, los dejo con un video de mi hija, perdón, con mi perra Mía, quien reclama atención cuando la ignoro por estar tantas horas delante de la computadora.