domingo, 7 de junio de 2015

Política creativa


A estas alturas te habrás enterado, salvo que seas una ostra, o por culpa de Pildorita que llevaba casi un año fuera de circulación, que en este momento se están llevando a acabo las elecciones. Habrás deducido también, que los partidos políticos gastaron cientos de millones de pesos en sus campañas. Dato que no es ninguna noticia exclusiva o secreto de Estado, ya que los mismos funcionarios tienen la poca vergüenza y tacto de decirlo en nuestras caras.


Cifra escalofriante que a nosotros, al parecer, ciudadanos oriundos de Montecarlo, Mónaco u otro principado europeo, nos hace lo que el viento a Juárez. 
  
¿Acaso los políticos no han encontrado otra forma más creativa de dilapidar montañas de dinero para seducirnos a votar en vez de contaminar visualmente todas las ciudades del país con sus caras falsamente sonrientes y photoshopeadas en cada poste de luz, puente peatonal, barda, spot de radio, televisión e Internet?


  
Para entender este fenómeno, haré el ejercicio de ponerme en sus zapatos. Si fuera candidato político, en vez de contaminar visualmente todas las ciudades del país con mi hermosa cara en cada poste de luz, puente peatonal, barda, spot de radio, televisión e Internet, lo que haría es una campaña donde le comunique a la prole ciudadanía, que si votan por mí serán acreedores a un boleto numerado que les dará el derecho a participar en un gran sorteo (con bolitas como el Melate) donde se rifen ¡1,172.8 MILLONES DE PESOS!, concurso que, por supuesto, ganará (por esas coincidencias genéticas de la vida) algún familiar mío, pero claro, eso lo descubrirán ustedes, o sea, el electorado, hasta que aparezca la nota en la primera plana de algún periódico cuya nómina sea pagada por un partido político rival envidioso, acusación tardía para levantar acción legal en mi contra, ya que (gracias a las bondadosas leyes hechas por los propios políticos) tendré fuero político y podré gobernar a mis anchas ante la mirada indignada e iracunda de todos los ciudadanos que, a lo mucho, lograrán desgarrarse las vestiduras (y los dedos) de teclear tuits y hashtaguear #pinchespoliticosladrones

Por supuesto, mi propuesta es una fantasía. Si en verdad se quiere ganar las elecciones, lo que se debe hacer es seguir estos ilustrativos pasos. 

Paso 1.
Dirigirse a la agencia de publicidad de cualquier familiar o pariente o amigo que te deba un favor o que pueda hacer una factura mayor al monto real.

Paso 2.
Sentarse en una cómoda silla y observar a tu equipo de trabajo dialogar con un grupo de publicistas, a los cuales deberás pagar una pequeña fortuna (con el dinero del pueblo, en cómodos plazos o en el tiempo que dure tu mandato, si es que ganas, claro).

Paso 3.
Proyectar ante la opinión pública y la ciudadanía una imagen diametralmente opuesta a la que se tiene en realidad, es decir: si eres gordo, serás flaco.


  
Si eres Mickey Rourke, serás un angelito de Victoria´s Secret.

Si eres indígena, serás ario.

Si eres hombre, serás mujer.

Si eres Carmen de Mairena, serás una apacible abuelita.

Si eres equino, serás ser humano.
Etcétera.

Paso 4.
Dejar de ser quien eres para convertirte en una marca. Sí, escuchaste bien. Una marca.


 Paso 5.
Al convertirte en una marca necesitarás exactamente lo mismo que necesita un pastelito esponjocito cubierto de chocolate y relleno de mermelada y crema para ser recordado y luego consumido. Así es, un eslogan pegajoso, de preferencia, que rime con tu nombre.


  
O con tus verdaderas intenciones.


O si lo amerita (o te da un ataque de creatividad), también puede rimar con el número de distrito que anhelas gobernar.



Si todavía sigues creyendo que los publicistas son unos charlatanes vende humo, lee con atención el último paso.

Paso 6.
Viaja al momento en que dejaste de ser una vergüenza pública, o sea, cuando dejaste de ser un Nini y fuiste por primera vez al supermercado. Lo sé, te temblaron las piernas al ir por el aceite de cocina y ante tus ojos se desplegó un universo de botellas de todos tamaños y colores en un kilométrico anaquel. Tuviste cuatro opciones: llamar a mamá y preguntarle qué aceite de cocina usa (so pena de quedar como un bebé) o tomar la botella más barata (so riesgo de morir envenenado) o leer una por una las etiquetas de cada botella y comparar cuál tiene el grado nutrimental menos nocivo para tu salud (so riesgo de perderte el partido de México que está por comenzar) o agarrar (como agarraste) la botella que anuncia un sonriente y saludable maestro de yoga que aparece en la televisora con más rating del país.



Ahora, ¿sigues creyendo que los publicistas y los políticos son unos retrasados mentales?