sábado, 28 de junio de 2014

Día 17



Cuando era niño, juraba que el tigre Toño, el volcho y Condorito eran más mexicanos que la Virgen de Guadalupe. En realidad, creía que todo lo que me rodeaba era de origen mexicano. Incluso me costaba creer la posibilidad de que los seres humanos no fueran todos oriundos de México.

-Tu tía es puertorriqueña –intentó explicarme mamá.

-Por eso, Puerto Rico está en México –defendí mi lógica geográfica.

-No, hijo, Puerto Rico es un país que pertenece a Estados Unidos –mamá se frotó las manos para no perder la paciencia.

-Imposible, mi tía habla español, la he escuchado por teléfono –mis ojos se abrieron y cerraron, síntoma de que mi cerebro estaba a punto de hacer corto circuito.

Tiempo después visitamos a mis tíos y quedé más confundido al descubrir que Puerto Rico no era un país sino una isla. Del mismo modo en que quedé boquiabierto al viajar a Estados Unidos y toparme en los estantes del supermercado hileras de cajas de Zucaritas bajo el nombre de Frosted Flakes con un tigre idéntico al tigre Toño, con la única diferencia de que el tigre gringo se llamaba Tony. 

En cuanto al volcho, fue un acto de fe creer que no era mexicano. Su diseño era horrendo, su precio bajísimo, e imaginar que un alemán cupiera en los asientos traseros era tan inverosímil como que México saliera campeón de la Copa del Mundo.

-La fábrica está en Alemania –me explicó papá.

-Imposible, el Puebla tiene la marca del volcho en su camiseta –dije abriendo y cerrando los ojos con incredulidad.

-Eso es porque los alemanes pusieron una planta en la ciudad de Puebla para pagarle salarios de hambre a los trabajadores mexicanos mientras ellos se hinchan los bolsillos de dinero –dijo papá destapando la duodécima cerveza de la noche-. Te digo que yo visité la fábrica en Alemania cuando me gradué de la universidad, justo antes de cometer el peor error de mi vida al casarme con tu mamá.

Condorito fue el último mito en derrumbarse. Para mí, era tan mexicano como Cantinflas o el Chavo del 8. De hecho no recuerdo el momento exacto en el que alguien me dijo que el personaje que alimentó mi infancia con su picardía y derrotismo ante la vida era chileno. Quizá ese sea el motivo por el que cada que veo jugar a la selección de Chile, mi corazón está destinado a sufrir microinfartos cuando la pelota pasa a 10 metros de su portería.



Chile vive tan engañado como yo de pequeño. El problema es que a ellos no hay quien los saque del error de vivir creyendo que sistemáticamente cada que se enfrenten a Brasil van a perder, sin importar que su máxima amenaza fuera un penoso tridente conformado por un fisicoculturista, un basquetbolista y un clavadista.

Cuando los chilenos reventaron el travesaño a escasos segundos de finalizar el segundo tiempo extra, no hubo una sola persona en el estadio (o entre los millones de televidentes) que en verdad creyera que Chile tenía posibilidad alguna de ganar en la tanda de penales.

Todos sabíamos que los chilenos se estaban frotando las manos por fallar cada uno de los penales para poder echarle la culpa al macabro destino y alimentar con otro terrorífico capitulo su enciclopedia de tragedias.  




Colombia luce invencible. Si no fuera porque su bandera aparece imborrable a un costado del marcador en los 90 minutos de los partidos, juraría que estoy delante del mítico Brasil del 70 del que tanto me platicó papá.