lunes, 23 de junio de 2014

Día 12



Fuera máscaras, dejemos de fingir que nos tomamos en serio la planeación de cada proceso mundialista. Está probado que los directivos mexicanos jamás aprenderán de sus errores, no importa cuán garrafales sean estos, mágicamente (no encuentro otro calificativo) apenas rueda la pelota en un Mundial, la Selección mexicana se convierte en una superpotencia, al menos en los primeros tres partidos.

Pese a que perdíamos desde el vestidor al lucir el uniforme más esperpéntico que se haya visto jamás en una Copa del Mundo, si alguien me decía que las piñatas de verde y negro eran un combinado de alemanes, españoles, brasileños, uruguayos y argentinos, lo creía sin chistar.

¿Cuándo íbamos a pensar que nuestra defensa jugaría con tanta frialdad, técnica y seguridad en un partido de vida o muerte? ¿Cuándo íbamos a imaginar no sufrir microinfartos en cada tiro de esquina en contra? ¿Y cuándo íbamos a sospechar que nuestros jugadores marcarían no uno sino dos goles de cabeza en tiros de esquina contra defensas de dos metros de altura?

Al parecer, la mayor ventaja de México es ser subestimado. Mundial tras Mundial, tanto nosotros mismos como nuestros rivales y las casas de apuestas nunca dudamos en poner en tela de juicio el pase a octavos de final. ¿A cuántos Mundiales más hay que calificar de manera consecutiva para firmar por adelantado que México es un invitado obligado a los octavos de final?

Sin duda, ese día llegará si por obra de un milagro llamado humedad, vencemos a Holanda. Tengamos la certeza que a partir de ese instante el mundo empezará a tomarnos en serio, tanto como toman en serio a Camerún que después de sorprender a propios y extraños al calificar a cuartos en Italia ´90, es marcado como favorito sin importar que lleven 24 años haciendo el más completo y absoluto de los ridículos.