sábado, 3 de noviembre de 2012

Fiesta de disfraces o cómo hacerte al gracioso con tus ex compañeros de trabajo


No se si sepan pero hace 15 días me despidieron de mi trabajo. Hubo recorte de personal en la empresa y siendo yo el más nuevo (o quizá el menos eficiente) me metieron en el saco de los perdedores que arrojaron al fondo de un caudaloso río de incertidumbre, lágrimas y miedo.

No fue una sorpresa para mí, la empresa estaba atravesando por una temporada difícil y el dueño nos lo hizo saber de inmediato en un par de juntas donde reunió a todo el personal. Urgía conseguir clientes o todo se iba a la mierda.

-¿Te van a despedir, verdad? –me preguntó Fiera comiéndose las uñas-. Tengo un muy mal presentimiento.

Intenté tranquilizarla diciéndole que no pasaba nada, que no me iban a despedir. Pero en el fondo, sabía que sí. Una lástima porque la empresa me gustaba mucho, el ambiente era juvenil y relajado. Me sentía como pez en el agua, podía ir vestido como quisiera, incluso presentarme en chancletas. Y de no ser porque Fiera fue tirando una a una mis camisetas con agujeros, hubiera ido todos los días al trabajo con mi habitual look de pordiosero que uso a la hora de escribir en casa.

Mi trabajo me gustaba mucho, hasta que empecé a tener más y más tiempo libre en la oficina, hasta llegar al insalvable punto en que mi jefe me dijo por el iChat que bajara a la sala de juntas.

Me sentí como un cerdo caminado por los pasillos ensangrentados del matadero. Sabía perfecto lo que me encontraría detrás de la puerta de la sala de juntas.





Algunos amigos lo han tomado como un insulto. Qué puedo decir. Trabajaba en una agencia de creatividad.

Toda esta larga introducción viene a cuento porque hace un par de días sonó mi celular. Era el dueño de la empresa donde trabajaba. Me llamaba para invitarme a la fiesta de Halloween de la agencia. Sin duda, un gesto amable de su parte. Él fue un buen jefe y yo un buen empleado. No hubo insultos ni rencores a la hora de recibir la noticia de mi despido. Un cheque de liquidación obra el milagro de apagar las llamas del resentimiento.

-Yo no pienso ir –me informó Fiera cruzada de brazos-. No puedo creer que te hayan invitado, es una falta de respeto.

Le expliqué que todos en la agencia son mis amigos. Que no me vendría mal ir a saludarlos. Tomar una cerveza con ellos.
 
-Como quieras, yo no voy –dijo Fiera mirando al vacío.

Entonces recibí este mensaje por Facebook de mi ex jefa:
 



Lo primero que se me ocurrió fue sacar del armario mi disfraz favorito, el del chupacabras-intelectual-amigo-de-todos-los-animalitos (excepto de las cabras, por supuesto).
 






Pero luego reparé en que un disfraz cosopobre tenía la particularidad de que había que fabricarlo uno mismo. Así que puse manos a la obra y en menos de un minuto lo tenía listo, mismo que ahora les presento y que causó gran conmoción en la fiesta, tanto, que durante toda la celebración no sé escuchó nada más que el denso y profundo silencio de la noche (y una que otra respiración por demás incómoda). 



ESTOY DESEMPLEADO COMPRAME UNA NOVELA MALA RACHA